miércoles, 22 de octubre de 2008

La buena educación

El día de hoy lo inicie más temprano que de costumbre por tener que acudir a tramitar un documento. Llovió durante la noche y continuó lloviendo por la mañana, así que cuando estuve listo para salir lo hice media hora antes por si surgía un imprevisto. Esta era la primera vez que acudía a esa dirección y también la primera en viajar en la Línea 522 desde Príncipe Pío. Al llegar a la estación busque el lugar de salida del autobús y una vez allí, le pregunte a la única persona que estaba aguardando la próxima partida, en donde debía comprar mi billete y ésta me respondió que en el mismo autobús, le agradecí y me quede observando la desierta estación mientras aguardaba la llegada del autobús. No tuvimos que esperar mucho, un par de minutos y ya estábamos subiendo. Salude al conductor y le pregunte cuánto costaba un billete hasta el lugar al que debía llegar; no solo me respondió, sino que además me pregunto si sabía donde debía descender y al decirle que lo desconocía me pidió que me ubicara en el primer lugar para así avisarme cuando llegáramos. Me informó que tardaríamos aproximadamente 25 minutos y que me sobraría tiempo para tomar un café, ya que él sabía que los empleados del lugar al que yo acudía, comenzaban a atender a la ocho de la mañana. Al llegar, tuvo la gentileza de señalarme el lugar por donde debía ir y por donde debía regresar para tomar el autobús con destino a P. Pío.
En las grandes y cada vez más pobladas ciudades se vive de forma rápida y esto conlleva a sufrir stress y a olvidar la buena costumbre de ser amable y accesible y transformarse en personas hoscas e intratables.
Mi día no ha sido de los mejores, además de mojarme –mucho- mi trámite salió mal y tendré que volver a realizarlo la semana próxima, pero gracias al buen trato que me dispensó el conductor del autobús de la 522, todo fue más llevadero. La buena educación no cuesta nada pero marca la diferencia. Que termine muy bien su día, Señor José Luis, y muchas gracias.